sábado, 26 de mayo de 2012

LA DEPENDENCIA AFECTIVA


En la dependencia afectiva, el amor hacia el otro presenta varias características en común con las dependencias en general, aunque hay una diferencia fundamental: la dependencia se desarrolla hacia una persona y esto hace que sea más difícil reconocerla y combatirla.

Es normal que en una relación, en particular durante la fase del enamoramiento, se sienta una especie de dependencia, el deseo de “fundirse” con el otro; pero este deseo, a medida que la relación se estabiliza, tiende a disminuir. En la dependencia afectiva, en cambio, el deseo de fusión permanece inalterado con el pasar del tiempo y es más, tiende a aumentar.

El dependiente se dedica completamente al otro, buscando exclusivamente su bienestar, sin considerar el propio, como en cambio debería suceder en una relación “sana”. Los dependientes afectivos, ven en el amor la resolución de sus problemas, que con frecuencia tienen origen profundo, como los “vacíos afectivos” de la infancia. La pareja asume el rol de un salvador, se convierte en el objeto de la existencia; su ausencia, aún temporal, da la sensación al sujeto de no existir (Du Pont, 1998). Quien sufre de dependencia afectiva no logra vivir y disfrutar el amor en toda su dimensión de profundidad e intimidad. A causa del miedo al abandono, a la separación, a la soledad, se tiende a negar los propios deseos y necesidades.; se usa una “máscara” para repetir antiguos libretos del pasado, los mismos que han obstaculizado el propio crecimiento personal.

Justo por estos motivos, casi siempre este tipo de personalidad dependiente escoge parejas “problemáticas” que sufren, a su vez, de otros tipos de dependencia (drogas, alcohol, juego, etc.). Esto siempre con el fin de negar las propias necesidades, porque es el otro quien necesita ayuda. Pero esta es una ayuda “enferma” que se convierte en “co-dependencia”; es más, refuerza la dependencia del otro, para que así pueda ser siempre “nuestro” (obviamente, todos estos son mecanismos inconscientes). En estos casos la persona no es absolutamente capaz de salir de una relación que, ella misma admite, es sin esperanza, insatisfactoria, humillante y a menudo autodestructiva. Además, desarrolla una verdadera sintomatología como ansia generalizada, depresión, insomnio, falta de apetito, melancolía, ideas obsesivas. Casi siempre hay incompatibilidad del alma, falta de respeto, proyectos de vida diferentes si no opuestos, necesidades y deseos que no se pueden compartir, además de pocos momentos de unión profunda y de satisfacción recíproca.
Quien sufre de este tipo de dependencia se identifica con la persona amada. La característica en común de los dependientes de amor es el miedo a cambiar. Llenos de miedo hacia cualquier tipo de cambio, impiden el desarrollo de las capacidades individuales y sofocan todos sus deseos e intereses. Los dependientes afectivos están obsesionados por deseos irrealizables y expectativas irreales. Consideran que estando siempre ocupados con el otro, la relación se puede volver estable y duradera. En cambio, las situaciones de desilusión y resentimiento que se pueden verificar, los precipita hacia el miedo de que la relación no pueda ser estable y duradera y así el círculo vicioso recomienza, a veces “amplificado”. No nos damos cuenta que el amor tiene necesidad de honestidad e integridad personal, porque el amor es un crecimiento mutuo, un dar y recibir recíproco entre personas que se aman. Los afectos que implican miedo y dependencia, típicos de la dependencia afectiva, están destinados, por el contrario, a destruir el amor. Quien sufre de esta dependencia vive tan atento de no herir al otro, que no se da cuenta que en este modo acaba hiriéndose a sí mismo.

Con frecuencia, aunque no siempre ni necesariamente, la persona amada es inalcanzable para aquel que depende de ella. Es más, en estos casos se puede afirmar que la dependencia se basa sobre el rechazo y aún, si éste no se verifica, el supuesto amor no duraría. En efecto, la dependencia se alimenta del rechazo, de la negación de sí mismo, del dolor implícito causado por las dificultades y crece en modo proporcional a cuánto éstas sean irresolvibles. Cabe citar a propósito las consideraciones de la psiquiatra Marta Selvini Palazzoli, quien considera que aquello que encadena a la dependencia afectiva es la injustificada, absurda, desconsiderada presunción de poder resolver la situación. La presunción de lograr, tarde o temprano, hacerse amar de quien no quiere amarnos, o nos ama en un modo que no es el que pretendemos.

La dependencia afectiva se presenta sobre todo (pero no exclusivamente) en el sexo femenino y en todas las edades. Son mujeres frágiles que, buscando continuamente un amor que las gratifique, se sienten inadecuadas. Son mujeres con dificultad a ser conscientes de sí mismas y de su derecho al bienestar, que no han aprendido aún a amarse y no a amar demasiado, que amar significa poder estar en una relación sin depender y sin limosnear atención y continuos pedidos de afirmación. En las relaciones afectivas, estas personas limosnean atenciones y afirmaciones continuas porque esto las ayuda a sentirse seguras y fuertes, contrastando así la impotencia, el malestar, el vacío afectivo que perciben a nivel personal.

Actualmente, la dependencia afectiva no está clasificada como una patología en los diversos sistemas de diagnóstico psiquiátrico, como el DSM IV, pero se está tratando de incluirla entre los varios trastornos contemplados en ellos, aunque investigaciones al respecto como la de Giddens, la consideran un trastorno autónomo. Según este último, la dependencia presenta algunas características específicas: -La “ebriedad” (el sujeto dependiente, en efecto, siente una especie de ebriedad en la relación con la pareja, quien es indispensable para sentirse bien). -La “dosis” (el sujeto, en efecto, busca “dosis” siempre mayores de presencia y de tiempo que pasa con la pareja. Su ausencia lo arroja en un estado de postración (similar a la abstinencia de droga). El sujeto existe sólo cuando está la pareja y no basta el pensamiento para tranquilizarlo, siente la necesidad de manifestaciones concretas y continuas. No es raro que el aumento de estas “dosis” excluya la pareja del resto del mundo. Si la dependencia es recíproca, la pareja se “alimenta” de sì misma. El otro es visto como una evasión, como la única forma de gratificación en la vida. Las actividades normales cotidianas vienen descuidadas regularmente. La única cosa importante es el tiempo transcurso con el otro porque es la prueba de la propia existencia, sin èl no se existe, es inimaginable pensar la vida sin el otro. Todo esto revela un bajo nivel de autoestima, seguido de sentimientos de vergüenza y remordimiento. En algunos momentos de “lucidez”, se logra ver la realidad de la relación, se intuye que la dependencia es nociva y que es necesario acabarla. Pero regresa la sensación de vacío, de ansia, de ser dependiente y esto refuerza el bajo nivel de autoestima personal, impulsando aún más hacia el otro que acoge y perdona, a veces feliz de poseer. Así, cada intento por salvarse de la propia dependencia falla.

A estas características comunes a todas las dependencias, elaboradas por Giddens, yo agregaría otra: el MIEDO. Miedo obsesivo y fóbico de perder la persona amada, que se alimenta y crece enormemente con cada señal negativa que se percibe. A veces basta encontrarse inesperadamente solo o no recibir una llamada para sentir miedo de un abandono definitivo.

Además, en el sujeto que sufre de este tipo de dependencia es posible encontrar una especie de ambivalencia afectiva que se puede resumir en la máxima del poeta latino Oviedo: “No puedo estar contigo ni sin ti”. “No puedo estar contigo” por el dolor que se siente con las humillaciones, maltratos, traiciones y todo lo que se soporta. “No puedo estar sin ti” porque es indescribible el miedo y la angustia que se sienten sólo pensando que se pueda perder la persona amada.

En resumen, son síntomas de la dependencia afectiva:

Miedo de perder el amor
Miedo del abandono, de la separación
Miedo de la soledad y de la distancia
Miedo de mostrarse tal y como se es
Profundo sentimiento de culpa y/o rencor y rabia
Sensación de inferioridad de frente a la pareja
Implicación total y vida social limitada
Celos y posesión
Quisiera concluir con una consideración personal:

Un amor auténtico nace del encuentro entre dos unidades y no entre dos mitades.

“Cuando justificamos sus malhumores, su mal carácter, su indiferencia, o los consideramos consecuencias de una infancia infeliz y tratamos de convertirnos en su terapeuta, estamos amando demasiado.

Cuando no nos gustan su carácter, su modo de pensar ni su comportamiento, pero nos adaptamos pensando que si seremos bastante atractivas y afectuosas él querrá cambiar por nuestro amor, estamos amando demasiado.

Cuando la relación con él mete a riesgo nuestro bienestar emotivo y aún, nuestra salud y nuestra seguridad, estamos sin duda amando demasiado”. (Robin Norwood)

A propósito de estas citaciones de Norwood, veamos la siguiente metáfora: Quien sufre de este tipo de dependencia tiene la esperanza, como en la historia de La Bella y la Bestia, de que un día la bestia se transformará en un bellísimo príncipe gracias a nosotros. Pero a diferencia del final feliz de la historia, en la realidad de la dependencia afectiva se corre el riesgo de que después de mil intentos por salvar al otro (“la bestia”) sin éxito, terminemos volviéndonos como él; perdiendo así la ocasión de abrazar algún otro príncipe que nos está esperando en alguna parte. Perdónenme la “crudeza” de la metáfora, pero es necesario ser conscientes de esto.

Dr. Roberto Cavaliere

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